Presta atención a la Palabra del Señor

Hebreos 3: 7, 8

 

El Señor nos habla su palabra porque le importamos. Cuando nos habla es para cambiar el rumbo de nuestra vida, no para que vaguemos como por un desierto. A nosotros nos taca prestar atención a su palabra.

El Señor tiene una voluntad de bien para nosotros, tiene promesas para cumplir, él quiere hacer aquello que es un imposible para nosotros, y por esto es que nos habla, nos indica la dirección a tomar. Si el Señor nos habla es porque hay algo que él quiere hacer y que nosotros no podemos hacer. Y el Señor quiere que cuando él hable nosotros escuchemos, prestemos atención, le obedezcamos.

 

Si aquella generación que Dios sacó de Egipto se quedó en el desierto por causa de no obedecer la palabra del Señor, nosotros también debemos prestar atención y obedecer al Señor para alcanzar sus promesas. Aquella generación endureció su corazón y no pudo entrar a la tierra prometida. Hoy nosotros debemos cuidar nuestro corazón para que no se endurezca ante las directrices que nos da el Señor.

Dios no cambia y su palabra es santa y poderosa. Sus planes son planes de bien, si él envía su palabra es para que nosotros la obedezcamos.

 

Dios hizo todo lo que existe con su palabra. «Y dijo Dios: sea… y fue» Génesis 1: 3. Su palabra tiene poder para crear y para crear de la nada.

Hebreos 1: 2, 3 nos dice que por Jesucristo fue todo hecho y que Jesucristo sostiene todas las cosas con su palabra poderosa. Con la palabra que creó es con la palabra que ahora sostiene lo creado. Esa palabra que te crea, también te salva, y también sostiene tu vida como enseña Mateo 7: 24, 25.

 

El Señor nos está llamando a ser prudentes, es decir a ser sabios no endureciendo nuestro corazón cuando él nos habla, para preservar nuestra vida y que no nos perdamos todo el bien que él ha diseñado para nosotros. ¡El Señor no quiere que vayamos a la ruina! Es hoy cuando tenemos que obedecer la palabra, no mañana sino hoy.

 

Cada vez que el Señor nos da su palabra es para enriquecernos. Cuando él siembra su palabra en nosotros es para que demos fruto, para sanarnos y producir liberación, para llevarnos a un mayor nivel de productividad; Mateo 13: 12, 15, 23.

Por esto Jesús nos exhorta diciendo: «El que tiene oídos para oír, oiga», es como si nos dijera «si yo abro mi boca tú presta mucha atención».

Prestar atención es cuidar. Cuidar la palabra es procurar entender lo que se dice; es poner a funcionar nuestra mente en pro de entender y recibir lo que se dice. No podemos dejar nuestra mente en adormecimiento, en «piloto automático» o en «stand bie» para que haga lo que quiera. Tenemos que conducir nuestra mente a estar alerta a la palabra que recibimos.

 

Cuidar la palabra es hacer el esfuerzo para meditar en lo que escucho y guardarlo en mi corazón, es aceptar y no rechazar. No puedo cerrar mi corazón y dejar que la palabra pase de largo, «por un oído me entra y por el otro me sale» o recibirla para luego olvidarla. Tengo que atesorar la palabra, darle la importancia que tiene. ¡Tengo que creer la palabra!

Aunque la palabra es sembrada en un determinado momento, esta palabra está destinada a quedar en nuestro corazón hasta que germine y de su fruto. Por esto no podemos recibir la palabra y luego olvidarla creyendo que con recibirla ya está todo hecho. No, porque la palabra sigue ahí en nuestro corazón esperando que la reguemos y esto lo hacemos cuando la recordamos y la meditamos y la ponemos en práctica.

 

Cuidar la palabra es aprender lo que esa palabra tiene para enseñarme. No me quedaré en lo que me dice superficialmente, sino que voy a profundizar en todo lo que me quiere enseñar. Y aún en medio de los problemas creeré que la palabra que me dio el Señor es la verdad y es poderosa para darme ayuda.

 

Si hago esto, el Señor por mi actitud de cuidar su palabra, me dará conocimiento y comprensión más abundantes de su palabra y propósito, y ésta llevará en mi su fruto. Pero si soy negligente cuando recibo su palabra, aún lo poco que recibo se me puede quitar y no me servirá de nada, o lo que recibo tendrá poca duración (Mateo 13: 12).

 

Si el Señor nos habla es porque quiere intervenir poderosamente en nuestra vida. Si el Señor nos siembra su palabra es para que produzca un fruto que de otra manera sería imposible que se produjera.

 

Cada uno de nosotros es responsable de la palabra que recibimos. Porque aunque la palabra la podamos predicar los hombres, si es expuesta la palabra de Dios entonces quien habla es el Espíritu Santo, Hebreos 3: 7.

Y también somos responsables los unos de los otros, estamos llamados para cuidarnos unos a otros, exhortándonos a poner atención a la palabra del Señor para que nadie se pierda la bendición. Estamos llamados a cuidarnos unos a otros, no dejemos que nuestro hermano se distraiga, Hebreos 3: 13.

 

Cada generación no puede cerrar su corazón a la palabra del Señor porque corre el peligro de morir en el desierto. Cuando el Señor nos da su palabra es para enriquecernos.

 

 

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