¡Que no se apague el fuego!

«Te aconsejo que avives el fuego» 2ª Timoteo 1: 6

 

Este año tiene que ser el año en el que perseveremos en la oración de fe para ver la manifestación gloriosa del Señor. Oraremos con fe y veremos los cielos abrirse y la tierra dar su fruto. «La oración eficaz del justo puede mucho» Santiago 5: 16.

El avance del reino de Dios es obra de Dios, no es obra de hombres, aunque las personas somos llamadas a ser colaboradores de Dios. Es por esto que no debemos dejar que se apague el fuego sino que lo avivemos.

 

Un fuego que no es avivado, un fuego que no es alimentado, se apaga. Y un fuego que se extingue es un fuego que no sirve.

 

Una llama débil es una llama fácil de apagar. Podemos apagarla con un poco de tierra o un poco de agua o con una manta. Sin embargo que difícil es apagar un fuego grande e impetuoso. Si tu fuego no está avivado entonces es muy fácil que seas afectado por cualquier circunstancia adversa por pequeña que esta sea. Si circunstancias pequeñas están afectando grandemente tu corazón es porque tu fuego es débil. ¡Tienes que avivar el fuego!

 

Una llama débil no sirve para que te defiendas de los lobos, de tus enemigos. Solo manteniendo un buen fuego encendido es que una persona puede librarse de un ataque de lobos. De la misma manera si mantenemos bien avivado nuestro fuego no seremos presa de los ataques del enemigo. Mantente fuerte en la fe para que el león, que está buscando a quien devorar, no toque tu vida. ¡Tienes que avivar el fuego!

 

Una llama débil no sirve para calentarse. Si notas que tu fe se está enfriando, que te faltan ganas de leer la Palabra de Dios, es que tu fuego se apaga. ¡Tienes que avivar el fuego!

 

Una llama débil no sirve para alumbrar y guiarte. Solo una antorcha bien encendida sirve para guiarnos en la oscuridad. Si tienes dudas de la dirección que tomar, tienes que tomar decisiones certeras, o estás parado y no avanzas, entonces necesitas avivar tu fuego.

 

La buena noticia que nos da el Señor es que él no termina de apagar el fuego que se debilita y está apunto de extinguirse.

 

Toma la decisión de alimentar tu fuego.

Levítico 6: 12, 13 nos enseña que el fuego se mantiene encendido añadiendo leña.

Como creyentes en Jesucristo hemos sido hechos hijos de Dios, real sacerdocio (1Pedro 2: 9). Delante de Dios somos sacerdotes que tenemos que mantener el fuego encendido. Nuestro corazón es un altar que espera cada mañana la leña para arder con fuerza. ¡Mantén tu fuego encendido!

Jesús, nuestro modelo y ejemplo, el Sumo Sacerdote, añadía cada día leña al fuego mediante la oración, Marcos 1: 35.

Ven cada día a la presencia de Dios, presenta delante de él tu oración y espera con fe su respuesta, Salmo 5: 1-3. Emplea un tiempo cada mañana ¡Mantén tu fuego encendido!

Pero el Señor no solo está esperando nuestra oración cada mañana. Hemos leído como el sacerdote acomodaba la leña y también un sacrifico. El Señor también nos pide a nosotros un sacrificio, ese sacrificio es nuestra rendición y entrega a él. Dios espera cada mañana que le entreguemos nuestra vida. Romanos 12: 1 nos ensañe que este sacrificio es lo que debemos hacer y así nuestra vida será renovada y podremos caminar en la voluntad de Dios. Rindamos a Dios todo lo que de este mundo se nos apega pero no agrada a Dios (Romanos 12: 2). ¡Mantén tu fuego encendido!

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